¿Puede sobrevivir la democracia si permitimos estado de emergencia?
En las democracias liberales, el poder puede concentrarse súbita y dramáticamente mediante la declaración de un estado de emergencia.
Los derechos y libertades individuales quedan entonces suspendidos ‘para protegernos.’
Pero ¿podemos permitirnos ser ‘protegidos’ al precio de nuestra propia esclavitud?
CUIDADO: Los jefes quieren volver permanente el estado de emergencia.
Quienes estén dispuestos a renunciar a libertades esenciales
para comprar un poco de seguridad temporal, no merecen
ni libertad ni seguridad.
—Benjamin Franklin
Los jefes de Occidente van a declarar un estado de emergencia. Se ha venido insinuando sigilosamente todo este tiempo. Pero en algún momento recurrirán a una declaración franca—una línea clara en la arena constitucional—. Y por eso necesitas entender cómo funciona esto, y las consecuencias que tendrá para ti.
Wikipedia define el estado de emergencia—o ‘estado de excepción’—de la siguiente manera:
“Un estado de emergencia es una situación en la cual un gobierno recibe poderes para implementar políticas que normalmente no tendría permitido implementar, para la seguridad y protección de sus ciudadanos. Un gobierno puede declarar tal estado durante un desastre natural, disturbios civiles, conflicto armado, pandemia o epidemia médica, u otro riesgo de bioseguridad. (…) los derechos y libertades pueden ser suspendidos durante un estado de emergencia, dependiendo de la gravedad de la emergencia…”
Por la seguridad y protección de los ciudadanos, los derechos y libertades pueden ser suspendidos.
Es el mismo principio que invoca tu amigo cuando te arroja al suelo para salvarte de un autobús que pasa. Te viola, en cierto sentido, porque no te pide permiso. Pero sólo así puede protegerte. Debemos transferir estas intuiciones, nos dicen, al plano nacional. En una emergencia, el Estado—nuestro ‘amigo’—se disculpa por violarnos (por suspender nuestros derechos y libertades), pero ello es necesario—alega el gobierno—para protegernos.
Me permito ahora señalar las diferencias relevantes:
Tú conoces a tu amigo. Tu relación con él está construida sobre montañas de información. Es personal. En cambio, a los burócratas que toman decisiones a nivel del Estado—a ellos no los conoces—. No existe una relación personal. Eres una abstracción para ellos. Ellos son una abstracción para ti.
Puedes ver el autobús que casi te aplasta. Es concreto. No hay duda alguna de que existió un peligro y de que tu amigo actuó para salvarte. La determinación de una emergencia a nivel estatal, por contraste, es abstracta. Incluso cuando puedes ver un peligro concreto, puede seguir siendo altamente ambiguo si éste alcanza un nivel suficientemente peligroso por encima del umbral constitucional de emergencia. Y la asimetría de información entre quienes toman esa determinación y tú, el ciudadano ordinario, es enorme.
Tu amigo no se vuelve inmensamente poderoso mediante sus conductas de emergencia. No te esclaviza. Los burócratas estatales, por contraste, sí se vuelven inmensamente poderosos mediante sus conductas de emergencia. Al límite, se vuelven todopoderosos, esclavizando completamente a los ciudadanos.
¿Qué sigue? Construyamos el silogismo.
Premisa 1. Los burócratas estatales en una democracia tienen un gigantesco incentivo para exagerar y prolongar una emergencia real, o para fabricar una emergencia completamente falsa.
¿Por qué? Porque un estado de emergencia puede conferir—al límite—poder totalitario a esos burócratas estatales.
Premisa 2. Los burócratas estatales en una democracia tienen amplia oportunidad para exagerar y prolongar una emergencia real, o para fabricar una emergencia falsa.
¿Por qué? Porque los burócratas estatales disfrutan de una tremenda ventaja de asimetría informativa frente al ciudadano ordinario.
Conclusión: La provisión constitucional del estado de emergencia probablemente será abusada, socavando la democracia.
Como con cualquier silogismo, la fuerza de la conclusión se debilita (la probabilidad de abuso disminuye) si debilitamos las premisas. Si los poderes de emergencia concedidos están cuidadosamente limitados y por un período breve, y/o si información de calidad llega confiablemente a los ciudadanos (si existe una prensa verdaderamente libre, competitiva, e investigativa), entonces los abusos de poder podrían quedar relativamente contenidos.
Pero el punto más profundo es éste: aunque la provisión de un ‘estado de emergencia’ en una constitución democrática es presentada invariablemente como necesaria para que los burócratas estatales—tus ‘amigos’—te den protección, te conviene más ver en el estado de emergencia tu propia vulnerabilidad. Esta vulnerabilidad resulta de la concentración de poder que produce un estado de emergencia, porque el siguiente es un axioma sociológico: el poder se abusa. Y aquí está el corolario: cuanto más concentras el poder, mayor es el abuso.
Lord Acton lo dijo famosamente así:
“El poder tiende a corromper, y el poder absoluto corrompe absolutamente. Los grandes hombres casi siempre son malos hombres…”
La observación dista mucho de ser nueva. Cuando los antiguos israelitas—cuyo sistema acéfalo disipaba el poder hacia jueces descentralizados—fueron con el Profeta Samuel para exigir que el poder fuese concentrado en un rey, Samuel respondió: “seréis sus esclavos” (1 Samuel 8.11-18).
¿Por qué se abusa del poder? Frederic Bastiat—un liberal clásico (hoy diríamos ‘libertario’)—explicó que esto es simplemente naturaleza humana:
“[una] disposición… común a [los hombres]… es vivir y desarrollarse, cuando pueden, a expensas unos de otros. No se trata de una imputación temeraria, emanada de un espíritu sombrío y poco caritativo. La historia da testimonio de ello mediante las guerras incesantes, las migraciones de razas, las opresiones sectarias, la universalidad de la esclavitud, los fraudes en el comercio, y los monopolios que abundan en sus anales. Esta disposición fatal tiene su origen en la propia constitución del hombre—en ese sentimiento primitivo, universal e invencible que lo impulsa hacia su propio bienestar, y le hace buscar escapar del dolor—.”
Es cierto que Bastiat—un economista decimonónico, liberal clásico, de libre mercado—estaba expresando el credo fundamental de su exótica tribu académica, donde afirman que los seres humanos son todos egoístas y maximizan su interés material y personal. Pero si te encuentras rechazando esta visión de la naturaleza humana con indignación, o quizá sintiéndote superior, me permito señalar lo siguiente: aunque Bastiat se equivoque presentando lo anterior como universal, mi axioma y mi corolario se sostienen aun bajo supuestos mucho más débiles.
Si concedemos que en toda sociedad compleja existen al menos algunas personas—y más probablemente muchas personas—como las que Bastiat describe, y que tales personas—casi por definición—tienen más probabilidades de ascender a posiciones de poder, el axioma y el corolario sobreviven sin problema: el poder se abusa, y cuanto más se concentra el poder, mayor es el abuso. Y por esto mismo, como señala Bastiat, hemos tenido “guerras incesantes, migraciones de razas, opresiones sectarias, la universalidad de la esclavitud, y fraudes en el comercio.”
Los liberales—o quizá debiera decir libertarios—como Bastiat consideran por ello al Estado—aun cuando acepten alguna forma de él—un mal necesario. Y para proteger a los ciudadanos de la tiranía, se esfuerzan por hacer al Estado tan pequeño y limitado como sea humanamente posible.
Pero ahora, observa cuidadosamente.
Puedes debilitar los supuestos todavía más—de hecho, radicalmente—y el axioma y su corolario ¡siguen sosteniéndose! Incluso cuando supones—como un lunático—que todos quienes tienen poder tienen también buenas intenciones, el poder será de todas formas abusado. Se abusará del poder por narcisismo ‘buenista’—la mala intención apenas es necesaria. Y el resultado será el mismo, porque quien abusa del poder se vuelve malo, gradualmente. Y la libertad desaparece—“por tu propio bien”—.
Ésta es la razón por la cual los gobiernos comunistas producen repetidamente totalitarismo. No “porque el marxismo nunca se haya implementado correctamente,” como creen tantos de nuestros jóvenes izquierdistas occidentales, pensando ingenuamente que esto es una cuestión de pureza de intención. No, la razón por la cual los gobiernos comunistas se vuelven tan naturalmente totalitarios es que la meta comunista consiste invariablemente en concentrar todo el poder en el Estado, y eso es simplemente pedir una tiranía totalitaria.
He aquí un descubrimiento interesante: un gobierno comunista totalitario es funcionalmente indistinguible de un estado de emergencia con plenos poderes, extendido indefinidamente. O, si lo prefieres, el estado de emergencia es una forma de ‘comunismo comprimido.’ En ambos casos, la libertad es destruida por élites que nos coercionan “por nuestro propio bien.”
La diferencia—y es una diferencia grande—es que los comunistas son explícitamente revolucionarios. Siempre están hablando de conflicto y derrocamiento violento. Sabes que vienen. Esto mejora las probabilidades de una contraofensiva anticomunista oportuna. El estado de emergencia, por contraste, es sigiloso, pues brinda a los burócratas estatales la oportunidad de esclavizarte sin que lo parezca—no pagan el precio de revelar por adelantado su intención totalitaria—.
Y ésa es precisamente la razón por la cual la Civilización Occidental no puede darse el lujo de permitir que nuestras constituciones contemplen el estado de emergencia. Ése será mi argumento.
Cierto, eliminar el estado de emergencia implicará algunos costos importantes—eso es verdad—. Pero los costos de conservar la posibilidad del estado de emergencia, sostengo yo, son mucho mayores.
La Segunda Guerra Mundial—el caso de prueba más importante
La guerra global de conquista lanzada por los nazis contra la libertad y la democracia costó más de 70 millones de vidas. Encima de eso, cientos de millones de occidentales que no fueron asesinados perdieron sus derechos y libertades fundamentales bajo gobiernos totalitarios. ¿Qué hizo posible esta Catástrofe? Muchas cosas. Pero el estado de emergencia constitucional no fue la menor de ellas.
Como explica la Wiener Holocaust Library, apenas un mes luego de ser nombrado Adolfo Hitler canciller alemán,
“El 28 de febrero de 1933, el presidente Hindenburg firmó el Decreto de Emergencia para la Protección del Pueblo Alemán [literalmente: ‘Decreto del Presidente del Reich para la Protección del Pueblo y del Estado’]. Este decreto suspendió los aspectos democráticos de la República de Weimar y declaró un estado de emergencia.
Este decreto dio a los nazis una base legal para la persecución y opresión de cualquier opositor, que sería presentado como traidor a la república. La gente podía ser encarcelada por cualquier razón o por ninguna.
El decreto también eliminó libertades personales básicas, como la libertad de expresión, el derecho a la propiedad, y el derecho a juicio antes del encarcelamiento.
Mediante estas disposiciones, los nazis suprimieron toda oposición a su poder, y pudieron comenzar el camino que lleva de la democracia a la dictadura.”
Paul von Hindenburg, quien firmara aquel decreto de emergencia, no era el mayor admirador de la democracia. Pero tampoco era nazi. Como presidente de la República de Weimar—el sistema liberal-democrático que gobernó Alemania entre las dos guerras mundiales—era algo parecido a un monarca constitucional con poder estructural más que administrativo. Sólo él podía declarar un estado de emergencia. ¿Por qué lo hizo? Porque era viejo e inseguro, y porque estaba asustado por la violencia política que entonces sacudía a la Alemania de Weimar.
Significativamente, para mi argumento principal, los camisas pardas nazis y sus aliados paramilitares de extrema derecha parecen haber sido los principales motores de aquella violencia política. Y agentes de los nazis trabajaron duro, en privado, para asustar a Hindenburg y empujarlo a declarar el estado de emergencia. Según la evidencia circunstancial, muchos sospechan que el Incendio del Reichstag del 27 de febrero de 1933, mismo que precipitó el decreto de ‘Protección’ del día 28, fue un complot nazi. Pero cualquiera que sea la verdad sobre la autoría, es indiscutible que los nazis culparon del incendio a un complot revolucionario comunista y usaron esa acusación para apoyar la insistencia nazi de que sólo declarando un estado de emergencia podría Alemania evitar la catástrofe.
“El decreto [de ‘Protección’] nunca fue derogado, de modo que, desde un punto de vista jurídico, todo el Tercer Reich puede considerarse un estado de excepción que duró 12 años.”1
El nazismo es, como el comunismo, un estado de emergencia extendido indefinidamente. Éste es otro rasgo que apoya la tesis de Axel Kaiser—defendida en su libro más reciente, Nazi-Comunismo—de que hay poca diferencia esencial entre nazismo y comunismo. “Gemelos idénticos,” los llama.2
Fiel a la etiqueta gramatical—y por tanto obligatoria—que exige al Estado prometer protección a los ciudadanos, el decreto de emergencia de Hindenburg se tituló ‘Decreto del Presidente del Reich para la Protección del Pueblo y del Estado’ (Verordnung des Reichspräsidenten zum Schutz von Volk und Staat). Pero en lugar de proteger a nadie, este decreto de emergencia volvió al pueblo alemán máximamente vulnerable. Los alemanes fueron destruidos.
Otros—muchos otros—también serían destruidos, en una profusión de violencia sin precedente en toda la historia humana.
¿Necesitabas un segundo ejemplo? COVID
Los occidentales todavía no resuelven sus amargos debates sobre el significado de la crisis del COVID, cuyas dos posiciones hemos tratado de caracterizar aquí con justicia:
Del lado escéptico y anti-autoritario (en el cual me incluyo), se han avanzado teorías específicas contra las autoridades a lo largo y ancho de la Civilización Occidental, alegando manipulación y engaño deliberados para cada aspecto de la crisis del COVID: el origen del virus; la gravedad de la enfermedad; las cifras de contagios; las cifras de muertos; la seguridad y eficacia de las ‘vacunas’ COVID; la eficacia de tratamientos alternativos; y la justificación de las políticas draconianas impuestas. Estas acusaciones de manipulación y engaño han recibido cada vez más apoyo de la evidencia emergente, llevando a algunos a percibir organización a nivel macro. Remitiré al lector a algunas de nuestras propias investigaciones sobre estos asuntos.
Para empezar, el virus responsable es casi con certeza producto de investigación de ‘ganancia de función,’ indistinguible de investigación de guerra biológica.
La ‘autoridad científica’ empleada por los burócratas sanitarios para evaluar el peligro público y justificar sus políticas de emergencia fue un modelador epidemiológico que repetidamente había conjurado falsas pandemias de la nada.
Las políticas draconianas de emergencia implementadas no tenían precedente en la historia de la respuesta a epidemias. Fueron defendidas, por supuesto, sobre la base de la urgencia de la ‘protección,’ pero impusieron costos muchísimo mayores que sus supuestos beneficios.
Tanto la gravedad de la enfermedad como las cifras de muertos fueron grotescamente exageradas al alza para promover y luego mantener en pie las políticas draconianas de emergencia.
¿Cuál fue el resultado? Los ciudadanos occidentales fueron confinados en sus casas salvo que el gobierno les diera permiso para salir. Y no podían viajar, visitar lugares públicos, y a veces ni siquiera trabajar, salvo que consintieran ser ‘vacunados’ con una intervención genética experimental. El Banco Mundial estimó que entre 100 y 200 millones de personas fueron empobrecidas. Muchísimas fueron asesinadas. Cifras incontables fueron enfermadas.
Nos convirtieron en esclavos. Y en ratas de laboratorio. Perdimos soberanía sobre nuestros cuerpos.
Los responsables de movilizar toda la maquinaria de la ‘salud pública’ contra los ciudadanos democráticos de Occidente ganaron muchos miles de millones de dólares con la maniobra, como explicamos aquí:
Y aquí viene el remate: llevan tiempo intentando esto. Ya en 2005, con George W. Bush, el gobierno de Estados Unidos preparó un plan integral para cerrar todo y declarar la ley marcial sobre la base de un susto pandémico.
Sólo un problema: el virus escogido aquel año—aunque inicialmente parecía prometedor—fracasó en matar gente, así que tuvieron que desmontar todo el espectáculo. Hoy nadie habla de esto.
Pero volverían a intentarlo. Y lo hicieron en 2009, con la gripe porcina. Pero tampoco les funcionó allí—el único país que lograron encerrar fue México—. Una vez más, el virus no mató suficiente gente.
Pero volverían a intentarlo. Y lo hicieron.
Y volverán a hacerlo.
El permiso para declarar estado de emergencia se combina con la cultura política
Pregúntate: ¿Por qué querían los nazis un decreto de emergencia? ¿Por qué no simplemente imponerse violentamente—si ya eran violentos—? Porque la jugada del estado de emergencia produce menos resistencia, reduciendo el riesgo para quienes buscan usurpar el poder e imponer totalitarismo.
Todos los empleados asalariados de las burocracias estatales en una democracia moderna son entrenados para obedecer órdenes legales. Si el estado de emergencia es declarado legalmente, la mayoría lo aceptará. Lo mismo ocurre con la mayoría de los ciudadanos. La aceptación general de un estado de emergencia legal por parte de los empleados del Estado y del grueso de la ciudadanía es precisamente lo que permite a los altos burócratas estatales ejercer poderes de emergencia.
Vimos esto claramente durante la crisis del COVID. El filósofo Giorgio Agamben denunció “las medidas frenéticas, irracionales y enteramente infundadas de emergencia adoptadas contra una supuesta epidemia de coronavirus,”3 y se maravillaba de
“la facilidad con la cual una sociedad entera ha consentido en sentirse apestada, en aislarse en casa, y en suspender sus condiciones normales de vida, sus relaciones de trabajo, amistad, amor, e incluso sus convicciones religiosas y políticas.”
Esto, para Agamben, era notable. Se pregunta: “¿Por qué no hubo protestas ni oposición, como suele ocurrir en estas situaciones?”4
¿Pero qué puede querer decir con eso de que la gente “suele” protestar y resistir? ¿En cuáles situaciones? La gente normalmente no se rebela cuando otros corren a protegerla. La mayoría supone (o suponía) que los burócratas de la ‘salud pública’—guardianes de nuestra ‘salud’—actúan con el debido rigor científico y de buena fe, y por eso obedecieron. El estado de emergencia—vendido al público como ‘protección’—fue percibido como legítimo.
Es así de simple.
Cuando los ciudadanos conceden inocentemente poderes de emergencia, los burócratas estatales, actuando rápida y hábilmente, pueden transformar la estructura institucional para volver permanentes esos poderes de emergencia, protegidos ahora por una asimetría radical de fuerza. Esto es precisamente lo que hicieron los nazis.
El punto más profundo aquí es que, en última instancia, lo que hace posible esta transferencia sigilosa de soberanía bajo cobertura de emergencia es la distribución de ideas en la población acerca de lo que constituye un comportamiento legítimo del Estado.
Si la distribución de ideas es muy distinta, podemos dificultar muchísimo las cosas para los aspirantes totalitarios. Y con eso en mente, te invito ahora a imaginar una historia moderna alternativa de Occidente—una que nunca ocurrió—.
El escenario contrafáctico
Imagina que, a medida que las sociedades occidentales transitaban hacia la democracia, hubiesen consagrado en sus constituciones el siguiente imperativo, quizá como el primer o segundo artículo para resaltar su importancia fundamental para la preservación de la libertad.
Artículo 1: Bajo ninguna circunstancia se permitirá que institución alguna de esta República declare un estado de emergencia que suspenda los derechos y libertades constitucionales de los ciudadanos. Todo intento de hacerlo, por cualquier razón, deberá ser interpretado por la ciudadanía como una amenaza a la supervivencia democrática básica de la República. Si se percibe un peligro grave, los burócratas estatales podrán informar, recomendar, y exhortar a la ciudadanía, y podrán emplear los poderes ya concedidos para mitigar el peligro. Pero ninguna institución de la República podrá—por ninguna razón, incluyendo una alegación de estar ‘protegiendo’ a la ciudadanía, o quizá especialmente en dicho caso—suspender los derechos constitucionales de los ciudadanos. Pues aunque responder a ciertos peligros resulte más difícil para los burócratas estatales cuando no tienen poderes de emergencia, también les será más difícil extinguir los derechos y libertades de los ciudadanos, y no existe peligro mayor que la pérdida misma de la libertad.
En un mundo así, los ciudadanos serían educados en un sistema que les enseñaría a ver el mero intento de declarar un estado de emergencia como algo sospechoso e ilegítimo, pues la ley no anticipa permiso alguno para ello y, por el contrario, advierte a los ciudadanos contra semejante intento.
Si el Artículo 1 de la constitución de Weimar de 1919 hubiese dicho algo parecido, y si la importancia de ese primer Artículo hubiese sido un componente fundamental de la educación cívica, los alemanes habrían sabido reconocer, en el llamado a intercambiar libertad por ‘protección,’ la rampa de acceso al totalitarismo. En una civilización así, los nazis habrían tenido una lucha mucho más difícil entre manos.
No olvides que los nazis no eran inevitables. Apenas habían capturado cerca de un tercio del voto alemán, y su popularidad ya empezaba a caer desde aquel pico cuando recurrieron a la jugada del estado de emergencia. Sin esa jugada, realmente podrían haber fracasado. Especialmente considerando que, en los primeros días del régimen, la ideología nazi motivó en reacción un boicot internacional que casi destruyó al Tercer Reich en la cuna, como se discute aquí:
Así que ahora pregúntate:
¿De cuál catástrofe más costosa que la Segunda Guerra Mundial nos ha salvado el permitir la imposición del estado de emergencia?
No se me ocurre ninguna.
El Director General de la Organización Mundial de la Salud (OMS), Tedros Adhanom Ghebreyesus (él mismo corresponsable del desastre del COVID), ha expresado la opinión de que el COVID hizo más daño que la Segunda Guerra Mundial.5 No sabría decir si eso es cierto. Tampoco lo sabe Ghebreyesus. Pero el mero hecho de que compare el COVID con la Segunda Guerra Mundial coloca la crisis del COVID en la categoría de los mayores daños de la historia.
Eso importa porque la crisis del COVID también pertenece a la categoría de daños impuestos mediante abuso de medidas de emergencia (aunque en muchos lugares éstas fueron implícitas, no formalmente declaradas). Así que podemos formular la misma pregunta:
¿De cuál catástrofe más costosa que el COVID nos ha salvado el permitir la imposición del estado de emergencia?
No creo que puedas nombrar ni una sola.
La afirmación general que respaldan estas observaciones, y que constituye la base del texto de mi artículo constitucional arriba propuesto, es la siguiente:
Una civilización para la cual los poderes de emergencia son un tabú absoluto sufrirá menos daño, en conjunto, que una civilización con provisiones de estado de emergencia en sus constituciones democráticas.
El COVID nos ha dado una ilustración empírica clara. Considera los siguientes datos sobre ‘exceso de mortalidad’ durante los años del COVID:

Quizá recuerdes que las autoridades dominantes en todo Occidente criticaron duramente al gobierno de Suecia por no coercionar a los suecos, ya fuese confinándolos o ‘vacunándolos.’ ¿Pero quien puede regatear los resultados? En la jerarquía del daño causado por el COVID, Suecia aparece felizmente hasta abajo.
La estadística de ‘exceso de mortalidad’ para los años del COVID hace pedazos cualquier narrativa. Porque ya no importa cuál era tu teoría sobre nada; esto simplemente te dice cómo le fue a un país en términos generales durante los años del COVID, relativo a la mortalidad normal esperada en ese mismo país. Suecia parece haber superado a todos sus pares europeos—el COVID la dañó mucho menos—.
¿Cuál fue la diferencia en Suecia? La constitución sueca prohíbe declarar un estado de emergencia en tiempos de paz.
“El gobierno sueco no tiene permitido declarar un estado de emergencia en tiempos de paz. Así, el principal factor detrás del excepcionalismo sueco durante la presente pandemia es que la constitución sueca prohíbe el uso de confinamientos, como puede verse en el Capítulo 2, Artículo 8 de la constitución sueca (Regeringsformen).”6
El ciudadano es soberano sólo cuando rechaza por principio los argumentos de emergencia
El gran teórico político Carl Schmitt fundó toda su teoría de la soberanía sobre el estado de emergencia. Abre su famosa Teología Política, lapidariamente:
“Soberano es quien decide sobre la excepción.”7
El término “estado de excepción” significa que el orden constitucional normal queda suspendido, y es sinónimo del “estado de emergencia,” porque en una democracia liberal el orden constitucional es suspendido jurídicamente alegando una emergencia. Sin embargo, señala Schmitt, la “emergencia” y sus remedios específicos no pueden definirse exhaustiva ni minuciosamente de antemano:
“no puede determinarse con claridad subsumible cuándo existirá una emergencia, ni puede enumerarse sustancialmente qué podría ocurrir en tal caso cuando verdaderamente se llega a una emergencia extrema y a su eliminación.”8
El estado de emergencia es declarado, por tanto, sobre la base de una interpretación bastante flexible.

Quienquiera que ejerza el poder de interpretar y suspender así el orden constitucional es el verdadero soberano. El soberano es “quien decidirá inmediatamente si existe una emergencia extrema, así como qué debe hacerse para eliminarla.”9
Parece haber un problema en la formulación de Schmitt, porque colapsa dos poderes en la misma institución o persona. Puedes verlo considerando el ejemplo histórico de la Alemania de Weimar. Allí, era el presidente (cargo institucional)—específicamente, en ese momento, Hindenburg (persona)—quien tenía el poder de firmar el decreto de emergencia; sin embargo, era el canciller (cargo institucional)—específicamente, en ese momento, Hitler (persona)—quien ejercía los poderes extraordinarios de emergencia. Los dos aspectos de la soberanía identificados por Schmitt—decidir sobre la excepción y ejercerla—no estaban, por tanto, localizados en la misma institución o persona.
¿Puede la teoría schmittiana escabullirse de esto? Sí puede.
Hindenburg era soberano hasta que firmó el decreto, porque hasta ese momento era él quien decidía sobre la excepción. Después, aunque Hindenburg conservó técnicamente la autoridad jurídica para anular su propio decreto y restaurar el orden constitucional, e incluso para destituir a Hitler, perdió el poder material para hacerlo porque Hitler ejerció rápidamente sus poderes de emergencia para hacer que el Estado respondiera personalmente a él. Era ahora Hitler, por tanto, quien decidía sobre la excepción, y extendió esa excepción—el estado de emergencia—indefinidamente. Él era ahora el soberano.
Con estas salvedades, Schmitt sigue teniendo razón. Pero toca reconocer que la soberanía—ubicada, sí, como el poder de decidir sobre la excepción—es una pelota que puede, en principio, transferirse bastante rápidamente de un jugador a otro.
Pero ahora, aceptando la definición de Schmitt, preguntémonos:
¿Cuándo es soberana la ciudadanía democrática?
Propongo lo siguiente:
La ciudadanía democrática es soberana sólo cuando el intento de imponer la excepción—el estado de emergencia—es tratado reflexivamente (axiomáticamente) como una usurpación.
Para volver soberana a la ciudadanía democrática necesitamos que la propia constitución democrática y la educación cívica de la ciudadanía construyan conjuntamente una cultura en la cual el ciudadano aprende a considerar a cualquiera que intente suspender los derechos y libertades constitucionales—bajo cualquier pretexto—como un peligro para los ciudadanos, precisamente de acuerdo con el texto de mi artículo constitucional propuesto más arriba.
Cuando el intento de imponer un estado de emergencia por cualquier motivo es—por definición—extra-constitucional, y por tanto ilegal, cualquier movimiento en esa dirección se convierte automáticamente en una advertencia y alarma para ciudadanos políticamente conscientes. Pero deben ser políticamente conscientes, razón por la cual la soberanía ciudadana no es meramente una cuestión de diseño constitucional sino de educación cívica que produzca alfabetización política generalizada.
Dicho de otro modo, si la soberanía se revela en la excepción, entonces sólo cuando empleados estatales y ciudadanos por igual consideran el estado de emergencia fundamentalmente ilegítimo puede decirse que los ciudadanos son soberanos. En esta condición, el intento de establecer la excepción se convierte en un disparador legítimo, por igual, para empleados estatales y ciudadanos, para quienes la desobediencia y la revuelta pasan ahora a ser imperativas para defender la libertad. Y es esto—la amenaza creíble de desobediencia y revuelta en defensa de la libertad ciudadana—lo que le recuerda al burócrata estatal (o a quienquiera que informalmente domine sobre el burócrata estatal) que los ciudadanos son soberanos.
Sólo mediante este recordatorio creíble es el pueblo verdaderamente soberano—ése es mi argumento—.
Estoy proponiendo, por tanto, una inversión de la teoría liberal tradicional. El liberalismo tradicional dice que la emergencia legitima la suspensión de derechos y libertades constitucionales. Yo sostengo, por el contrario, que cualquier intento de declarar una suspensión de emergencia de los derechos y libertades constitucionales debe convertirse en el disparador que legitima la resistencia ciudadana. Y sostengo que sólo cuando esto se vuelva ley y cultura podremos decir, honestamente, que los ciudadanos son soberanos.
Ojo: esto para nada invalida una respuesta gubernamental ante las emergencias. Invalida solamente una respuesta de emergencia que pisotee los derechos y libertades de los ciudadanos.
Estoy haciendo explícitas las implicaciones del liberalismo clásico
Baruch Spinoza es el gran Padre Fundador de la Ilustración Europea, y por tanto del liberalismo clásico occidental moderno, que debe distinguirse cuidadosamente de aquello que el término ‘liberalismo’ denota hoy en Estados Unidos, donde significa lo opuesto del liberalismo clásico y constituye de hecho—especialmente ahora—una forma de marxismo sigiloso.

Spinoza defendió todas las ideas básicas que hoy apreciamos en la democracia moderna: libertad de pensamiento, libertad religiosa, sufragio universal, etc. En la cuestión de la estructura política, recomendó 1) un poder ejecutivo sujeto a la ley; 2) una división de poderes con respecto a la interpretación e implementación de la ley; y 3) una separación entre autoridad religiosa y autoridad civil.
Se sigue de ello que nada de esto se origina con el buen Barón de Montesquieu, quien sin duda leía a Spinoza—porque todo el mundo le leía (aunque no todos tenían el valor de confesarlo)—. Así que la democracia moderna se la debes a Spinoza. Pero como Spinoza—según explicó él con erudición asombrosa—obtenía sus ideas de la Biblia, le debes la democracia moderna a la Biblia.
Me parece importante que todo lo defendido arriba sobre el estado de emergencia ya está contenido en Spinoza. Escribió:
“Nadie puede jamás transferir a otro tan completamente su poder y, por consiguiente, sus derechos, como para dejar de ser hombre; ni puede existir un poder tan soberano que pueda llevar a cabo cualquier deseo imaginable…, [pues] entonces sería posible mantener con impunidad la más violenta tiranía, cosa que supongo nadie admitiría ni por un instante.” (cap. 17)
Esta larga circunlocución es lo más cerca que Spinoza pudo llegar, en los años 1600, incluso en los Países Bajos comparativamente liberales, a decir que un pueblo pisoteado puede legítimamente rebelarse. Y dado que los “actos arbitrarios” de semejante pisoteo eran rutinariamente disfrazados de ‘protección,’ Spinoza estaba llamando implícitamente a la rebelión contra ese mismo argumento.
“Quienes administran o poseen el poder de gobierno procuran siempre rodear sus actos arbitrarios con un manto de legalidad, y persuadir al pueblo de que actúan movidos por buenos motivos; y esto les resulta fácil cuando son los únicos intérpretes de la ley, pues es evidente que así pueden asumir una libertad mucho mayor para ejecutar sus deseos y apetitos…” (cap. 17)10
Me parece notable: el liberalismo occidental moderno nació con esta afirmación: puedes rebelarte contra la promesa de ‘protección’ de las élites, porque sólo te están manipulando para concentrar más su poder.
Esto por supuesto golpeó a los lectores de Spinoza directamente en el estómago, porque su audiencia estaba repleta de aristócratas feudales y sus servidores, quienes reclamaban para sí toda una serie de ‘derechos’ mediante los cuales oprimir a los plebeyos a cambio—alegaban ellos—de ‘protegerlos.’
Si estás pensando que Baruch Spinoza fue muy valiente, tienes razón al cien. Y además era listísimo. Publicó el Tratado Teológico-Político anónimamente en 1670, con información falsa de imprenta, y un lugar de publicación disfrazado, porque sabía lo que ocurriría: el libro fue rápidamente denunciado en toda Europa como peligroso y fue prohibido en varios lugares.

Pero las ideas de Spinoza no pudieron ser detenidas. Todo el mundo lo leía.
“...en los años inmediatamente posteriores a la muerte de [Spinoza], un período de incubación de la modernidad, la influencia de Spinoza se hizo sentir ampliamente. Sus ideas, dijo Leibnitz en 1704, se estaban ‘deslizando gradualmente en las mentes de los hombres de alta posición que gobiernan al resto y de quienes dependen los asuntos públicos, y, deslizándose dentro de libros de moda, están inclinando todo hacia la revolución universal que amenaza a Europa.’ ”11
El Barón Gottfried von Leibnitz—en la ciencia una gran figura de la Ilustración pero en política un reaccionario total—no estaba nada feliz con esto. Pero estaba ocurriendo: no había forma de negar el impacto civilizacional de Baruch Spinoza. Pues Spinoza estaba obligando a los aristócratas judeocristianos de Occidente—aquellos “hombres de alta posición que gobiernan al resto”—a confrontar la pregunta: ¿somos justos?
Cuando la facción política liderada por Shaftesbury en Inglaterra colapsó tras el Complot de Rye House, John Locke huyó a la patria de Spinoza, Países Bajos. Esto ocurría “en los años inmediatamente posteriores a la muerte de [Spinoza],” cuando todo el mundo leía al famoso judío sefardí de Ámsterdam, el infinitamente controversial filósofo Spinoza, héroe de todos los liberales, expulsado de su propia comunidad judía por sus ideas radicales sobre Dios, y prohibido en tantos lugares. Debió ser terriblemente emocionante para Locke encontrarse en aquel ambiente liberal e intelectualmente efervescente de Spinoza. Cualquier sugerencia de que John Locke—fácilmente la mayor mente liberal de su generación—no estuvo profundamente influido por Spinoza es simple necedad (o quizás antisemitismo).

Locke escribió que “allí donde termina la ley, comienza la tiranía.” Si una autoridad constituida viola la ley en cualquier punto, entonces, en ese punto el ciudadano puede resistir legítimamente, dice él.12 El estado de emergencia equivale a la abrogación de toda ley, así que, según la propia definición de Locke, constituye la mayor tiranía y por tanto legitima una revuelta general de los ciudadanos.
En 1850, siglo y medio después de la muerte de Locke, el gran liberal francés Frederic Bastiat llevó el argumento más lejos. Sostuvo que incluso un orden ‘liberal’ legal—operando ‘normalmente’—puede ser tiránico, y que la constitución liberal de la Segunda República Francesa presidida por Luis Napoleón Bonaparte—elaborada con gran fanfarria tras las grandes revoluciones paneuropeas de 1848, parteras de la democracia moderna—ya había, instantáneamente, traicionado a los ciudadanos.
“… [la ley] ha destruido su propio objeto; ha sido empleada para aniquilar aquella justicia que debió establecer, borrando entre los Derechos ese límite cuya verdadera misión era respetar; ha puesto la fuerza colectiva [el monopolio de la fuerza] al servicio de quienes desean traficar, sin riesgo y sin escrúpulo, con las personas, la libertad, y la propiedad ajenas; ha convertido el saqueo en un derecho, para poder protegerlo, y la legítima defensa en un crimen, para poder castigarla.”13
Un estado de emergencia sólo empeora todo esto, pues cualesquiera protecciones constitucionales que todavía resten a los ciudadanos ordinarios—aunque Bastiat ya las considera lamentablemente inadecuadas—desaparecen por completo bajo el estado de emergencia.

Pocos años después, en 1864, el gran teórico político liberal Maurice Joly acusó a Luis Napoleón de utilizar su policía secreta para fabricar “conspiraciones falsas” contra su propio gobierno, despertando así “la simpatía del pueblo.” Joly escribió un diálogo filosófico en el cual el personaje ‘Maquiavelo’ explica ésta y otras técnicas de Luis Napoleón (siempre llamado ‘el Príncipe’ en vez de nombrarlo directamente) al personaje ‘Montesquieu.’ El Príncipe tiene “bajo control los diversos elementos revolucionarios del país,” dice ‘Maquiavelo,’ y por tanto, “si hay una conmoción en alguna parte, es mi mano la que la pone en marcha. Si se urde un complot, yo [el Príncipe] soy el instigador. Yo soy el jefe conspirador.” Y mediante tales artimañas, “el público puede ser intimidado, y el Príncipe puede, si es necesario, procurarse las medidas severas que desea o poner en práctica las que ya tiene preparadas.” Un estado de emergencia.
En el siglo XX, el gran economista de libre mercado de la escuela austríaca libertaria, Friedrich Hayek, escribió en El Camino a la Servidumbre que
“[la] planificación [central] conduce a la dictadura porque la dictadura es el instrumento más eficaz de coerción y de imposición de ideales y, como tal, [es] esencial para que la planificación centralizada a gran escala sea posible.”14
Si se concede a los burócratas poderes de planificación central, la consecuencia natural será la dictadura. Sí porque, cuanto más se concentra el poder, mayor es el abuso. No puede existir concentración mayor dentro de un orden liberal-democrático que cuando se declara un estado de emergencia. Hayek está preocupado por el comunismo, y el comunismo, como señalamos antes, es un estado de emergencia de plenos poderes extendido en el tiempo. O, si se prefiere, el estado de emergencia es ‘comunismo comprimido.’ Así que, siguiendo la propia lógica de Hayek, el estado de emergencia constituye el mayor peligro posible para un orden liberal-democrático.

Otro liberal clásico—aunque quizá ya debiéramos llamarlos a todos ‘libertarios’—preocupado por el crecimiento del gobierno es Robert Higgs. Explica que, en Estados Unidos, “cada crisis genuina ha sido la ocasión para otra vuelta de tuerca hacia un Gobierno Más Grande.” Lo que sostiene esto es “el imperativo ideológico progresista de que el gobierno debe ‘hacer algo,’ debe asumir la responsabilidad de resolver cualquier crisis percibida.”15 Esta visión progresista (izquierdista) del burócrata estatal como ‘amigo’ y ‘protector’ ha llevado a los ciudadanos a suponer que los burócratas actuarán con probidad y compasión si se incrementan los poderes del Estado.
Higgs señala el hecho empírico, históricamente documentado: cada vez que los progresistas han argumentado exitosamente a favor de dar más poder al gobierno de Estados Unidos para ‘resolver’ una crisis, el gobierno estadounidense se ha vuelto “más grande,” lo cual significa que los poderes adquiridos cada vez mediante la jugada del ‘resolvamos nuestra crisis’ nunca son devueltos, produciendo una concentración de poder cada vez mayor y más normalizada.
¿Puedes escuchar los ecos de Orwell rebotando de las paredes?
“Sabemos que nadie se apodera jamás del poder con la intención de renunciar a él. El poder no es un medio; es un fin. No se establece una dictadura para salvaguardar una revolución; se hace la revolución para establecer la dictadura.”16
No se suspenden derechos y libertades para resolver una emergencia; se apoya uno en la emergencia para suspender derechos y libertades. Los burócratas nunca desperdician una crisis. Y una crisis tan seria que los ciudadanos permiten una suspensión de la constitución, dando nacimiento a un Gobierno Máximo, es simplemente el caso límite del modelo de vuelta de tuerca de Higgs.

La maniobra de ‘aprovechar la crisis para apoderarse de más poder’ también ha sido el mecanismo mediante el cual ha crecido el gobierno de la Unión Europea, aplastando a cada paso los derechos y libertades de los europeos. Y esto fue explicado con todas sus letras por Jean Monnet, “el padrino fundador de la integración europea”:
“Europa se forjará en las crisis y será la suma de las soluciones adoptadas para esas crisis.”17
Sí, cada crisis se convierte en una apropiación de poder por parte de la Unión Europea, siempre que nadie esté prestando suficiente atención como para protestar, tal como explicó en 1999 a Der Spiegel el entonces presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker:
“Decidimos algo, lo dejamos reposar, y esperamos a ver qué ocurre. Si nadie arma un escándalo, porque la mayoría de la gente no entiende lo que se ha decidido, seguimos avanzando paso a paso hasta que ya no hay vuelta atrás.”18
Murray Rothbard, el gran continuador de la escuela austríaca libertaria, escribe en ‘War, Peace, and the State’ que
“… la tiranía doméstica … es el acompañamiento inevitable de la guerra. El gran Randolph Bourne comprendió que ‘la guerra es la salud del Estado.’ Es en la guerra donde el Estado realmente alcanza su plenitud: hinchándose en poder, en tamaño, en orgullo, en dominio absoluto sobre la economía y la sociedad. (…) En la guerra … el Estado moviliza frenéticamente al pueblo para luchar por él contra otro Estado, bajo el pretexto de que está luchando por [el pueblo].”19
Algunas guerras pueden ser justas—libradas en legítima defensa—. Pero los burócratas pueden buscar una guerra para producir la emergencia perfecta que los convoque como ‘protectores,’ aumentando así sus poderes tiránicos hasta el límite. Sin duda es por esta razón que la Constitución de Estados Unidos (Artículo I, Sección 8, Cláusula 11) deposita el poder exclusivo de declarar la guerra, no en el ejecutivo, sino en el Congreso (¡una disposición casi siempre violada en la práctica!).

O considera a Giorgio Agamben. Él no es un ‘liberal’ en el sentido europeo y latinoamericano del término—no es un liberal clásico. Y sin embargo, pese a venir de un trasfondo marxista, converge (paradójicamente) con los liberales clásicos en un punto fundamental: una profunda sospecha del poder de emergencia y de la soberanía concentrada.
Agamben se monta sobre los hombros de Schmitt para argumentar, en su obra Estado de Excepción, que históricamente el estado de emergencia ha sido una poderosa estrategia para hacer que las democracias se deslicen hacia Estados totalitarios.
“… la creación voluntaria de un estado de emergencia permanente (aunque quizá no declarado en el sentido técnico) se ha convertido en una de las prácticas esenciales de los Estados contemporáneos, incluyendo los llamados democráticos. … el estado de excepción tiende crecientemente a aparecer como el paradigma dominante de gobierno en la política contemporánea. … el estado de excepción aparece como un umbral de indeterminación entre democracia y absolutismo.”20
Durante la crisis del COVID, acusa él, existía una evidente “tendencia”—que considera una tendencia general, antes y después del COVID—“a utilizar el estado de excepción como paradigma normal de gobierno.”21
Sí. La nueva normalidad—eso fue literalmente lo que llamaron durante el COVID a sus medidas de emergencia—.
Es una consecuencia directa e ineludible de nuestro axioma. El poder se abusa; por tanto, los burócratas estatales inevitablemente recurrirán a la paradoja: intentarán normalizar el estado de excepción. Y puesto que eso normaliza la tiranía, la oportunidad constitucional de establecer un estado de emergencia constituye una amenaza fundamental para los ciudadanos.
Creo haber demostrado que sólo estoy haciendo explícitas las implicaciones del liberalismo clásico. Es una contradicción fundamental permitir cualquier camino legal, en una constitución liberal-democrática, para establecer un estado de emergencia. Al contrario, nuestras constituciones deberían contener una prohibición explícita de cualquier tipo de estado de emergencia, y debiera redactarse como el primer o segundo artículo para dejar perfectamente claro cuán importante es esto para la preservación y estabilidad fundamental de un orden constitucional liberal.
Una vez más: esto no significa que el gobierno no deba responder a emergencias; significa que no puede suspender tus derechos y libertades cuando lo haga.
¿Qué sucederá ahora?
Una guerra civil es una crisis hecha a la medida que burócratas hambrientos de poder pueden aprovechar para declarar un estado de emergencia e imponer el totalitarismo. La Civilización Occidental lleva mucho tiempo deslizándose—en todas partes—hacia la guerra civil. Y el resultado de esa tendencia—si no es trascendida—será la tiranía.
Hay dos razones principales para las guerras civiles que se aproximan.
La primera es que la política identitaria de la izquierda woke ha balcanizado completamente a la sociedad. La segunda es que cantidades incontables de musulmanes han inmigrado a Occidente. Ninguna de estas tendencias es orgánica—ambas son políticas maquiavélicas deliberadas de los jefes occidentales—. O al menos eso sostiene el modelo MOR.
Resumiré ahora estos procesos y concluiré mi análisis.
Seré el primero en reconocer que el sufrimiento impuesto sobre las clases trabajadoras por los crueles jefes del ‘capitalismo de cuates’ durante la Revolución Industrial dio en gran medida la razón a los socialistas revolucionarios. Y los jefes industriales sin duda interpretaron el creciente poder político de las clases trabajadoras occidentales como una especie de rebelión de esclavos que urgía aplastar. He escrito sobre estos procesos aquí:
Es sin embargo un hecho que las fuerzas del cambio demostraron ser demasiado poderosas, y que los jefes industriales de Occidente fueron humillados: tuvieron que ordenar a sus operadores políticos que se sumaran a una forma más humana de capitalismo. (Sin duda la amenaza de una revolución marxista tuvo algo que ver con ello.) Pero éste no fue un verdadero despertar moral en la cima; fue hipocresía. Los grandes jefes industriales—los verdaderos dueños del poder político—han trabajado duro para recuperar su poder sobre nosotros (también documentado en el texto mencionado arriba).
Sin embargo, este simple hecho no puede negarse: en el ínterin, el capitalismo occidental fue reformado. Como resultado, después de la Segunda Guerra Mundial, el resentimiento de los trabajadores contra las clases altas en Occidente disminuyó hasta casi desaparecer, y eso duró varias décadas gracias a diversas reformas legales y al enriquecimiento general de los trabajadores.
En este nuevo contrato social, los profesores marxistas corrían el riesgo de quedar a la deriva en la irrelevancia a menos que pudiesen reinventar de algún modo el conflicto social. Necesitaban encontrar nuevas ‘víctimas’ para ‘defenderlas’ de la ‘opresión.’ Y si tales víctimas no existían, las inventarían. Así fue como estos profesores se convirtieron en marxistas culturales, aventurándose más allá de las cuestiones económicas para reinterpretar toda fractura social como un campo de batalla entre opresores y víctimas, identificados ahora no por conducta, sino por membresía en ciertas categorías.
Hombre/mujer, blanco/negro, occidental/no occidental, heterosexual/LGBT(etc.), guapo/feo, delgado/gordo, inteligente/estúpido—toda distinción fue redefinida, y luego redefinida y micro-redefinda interseccionalmente como un binario opresor/víctima. En una inversión radical, los marxistas—que originalmente prometían liberar a la especie de las categorías esencializadas tradicionales y unir a los trabajadores en solidaridad fraterna—quedaron ahora completamente conquistados por el racismo y otras formas de esencialismo. Así nació la política identitaria, el racismo propio de la izquierda política, que los izquierdistas—con gran estilo orwelliano—llaman anti-racismo.
Esto demostró que el conflicto social es el único fundamento verdaderamente necesario para los marxistas. “El principal deseo de Marx,” escribió Bertrand Russel, “era ver castigados a sus enemigos, y le importaba poco lo que ocurriera con sus amigos en el proceso.”22 Todo lo demás en el marxismo, por fundamental que parezca, puede transformarse, siempre que alguna forma de conflicto social—representada públicamente, por gramática, como una lucha de ‘justicia social’ contra la ‘opresión’—sea preservada o inventada.
A medida que estos profesores marxistas de la Nueva Izquierda se volvieron dominantes en las ciencias sociales y las humanidades, enseñaron a sus estudiantes universitarios a reinterpretar toda interacción humana como un campo de batalla de ‘justicia social’ entre una víctima y un opresor. Los impresionables estudiantes universitarios aprendieron de sus prestigiosos profesores que no existe moralidad más alta que vengarse del ‘opresor’ arrancando un pedazo de carne y una humillante contrición pública, con la cual obtendrá tan sólo un alivio temporal (si acaso) antes de rellenar el medidor de culpa y exigir públicamente un nuevo pago—material y social—.
La gente rápidamente capta la lógica de esta gramática política. La única manera de mantenerse—brevemente—por delante de un posible ataque de la izquierda es correr a identificarse como alguna categoría de víctima, cosa que no puede establecerse salvo mediante acciones ruidosas destinadas a arrancar alguna contrición pública de tu ‘opresor’ designado, ‘demostrando’ así, mediante dicha humillación, que efectivamente eres una ‘víctima’ (porque si no, ¿por qué te están pidiendo perdón?).
La consecuencia de largo plazo de este proceso que orilla a todo el mundo a declararse ‘víctima’ de algún ‘opresor’ que será objeto de una venganza pública y humillante es por supuesto la guerra civil, y ya la tenemos cerca. Especialmente peligroso es que la gramática woke enfrenta, por ‘raza,’ a todos los blancos contra todos los no blancos. Si esto continúa tendremos algún tipo de guerra racial. ¿No era precisamente eso lo que querían los nazis—la extrema derecha—? ¡Pero ahora los izquierdistas woke son quienes arden de ganas por esta pelea!
Este proceso, como señalamos arriba, está hecho a la medida para burócratas hambrientos de poder (o para quienquiera que los controle). A medida que los occidentales balcanizados se empapan de odios identitarios y se despedazan mutuamente, los jefes obtendrán la excusa perfecta para imponerse llenando las calles de botas militares y robots de seguridad. Toca sospechar, por tanto, que estos procesos históricos no son fundamentalmente emergentes sino ampliamente administrados, y, en su origen, creados de raíz por los grandes jefes, beneficiarios de todo esto.
Ahora observa.
No existe controversia alguna en afirmar que la red Rockefeller y sus aliados industriales, en la cima de la sociedad estadounidense, estaban cómodamente instalados en el poder en Estados Unidos durante la primera mitad del siglo 20. Al mismo tiempo, los Rockefeller—y sus aliados—eran líderes de la eugenismo internacional, que en Alemania, con su ayuda, se convirtió en el nazismo alemán. En otras palabras, los Rockefeller jugaron un papel central en producir aquel movimiento que impuso un estado de emergencia totalitario sobre toda Europa.
Después de la guerra, la red Rockefeller colaboró en la creación y dirección del servicio clandestino estadounidense, la CIA, lo cual implicó la absorción de Fremde Heere Ost, lo que implicó decenas de miles de nazis alemanes y colaboradores que habían sido el servicio de inteligencia oriental de Adolfo Hitler. Y la red Rockefeller, aliada con la CIA, creó los departamentos universitarios de ‘comunicación’ que surgieron de la nada en la posguerra y que hoy forman virtualmente a todo quien trabaja en los medios masivos. El resto del sistema universitario fue corrompido de manera similar.
Toda esta secuencia, con documentación de apoyo, está resumida brevemente aquí:
Por cierto, la corrupción de todo el sistema estadounidense a manos de la CIA fue escandalosamente documentada en el Congreso de Estados Unidos.
De esta historia se sigue que los eugenistas, amos del poder en Estados Unidos en la preguerra, y autores del nazismo alemán, conservaron después de la guerra tanto su posición de poder como sus nazis. ¿Qué deberías esperar de semejante gente? Que nos impondrán un estado de emergencia.
Pregúntate ahora: ¿quién es responsable de haber vuelto tan poderosos a los profesores marxistas culturales en las universidades occidentales y en el sistema cultural occidental?
Los grandes jefes industriales, como acabamos de explicar, tienen un poder inmenso sobre el sistema de medios masivos que convirtió a estos marxistas culturales en superestrellas (considera el caso del pseudo intelectual Edward Said). Y como explica el politólogo Thomas Dye, “los recursos iniciales para la investigación, el estudio, la planificación, y la formulación de políticas nacionales derivan de la riqueza corporativa y personal.” El proceso comienza cuando “esa riqueza es canalizada hacia fundaciones, universidades, y grupos de planificación política.”23
Con este poder los grandes jefes industriales, sugar daddies del sistema universitario, han podido influir ampliamente sobre las tendencias de contratación en la torre de marfil. Fue bajo su vigilancia que las ciencias sociales y las humanidades—precisamente las disciplinas capaces de producir especialistas que investigan científicamente el poder en beneficio de la ciudadanía—fueron inundadas de posmodernismo y marxismo cultural científicamente inútiles. Y no me parece coincidencia que esta tendencia académica esté ahora prácticamente garantizando alguna forma de guerra civil. Muy pronto, los jefes tendrán la excusa perfecta para subyugarnos mediante un estado de emergencia, alegando que nos ‘protegen’ de nuestros odios—los mismos odios que ellos cuidadosamente cultivaron—.
Al mismo tiempo, la llegada de una enorme población musulmana a Occidente durante las últimas décadas, muchos de cuyos miembros desean explícitamente destruir a Occidente, prácticamente garantiza una guerra civil tarde o temprano, pues su número y su audacia crecen rápidamente. Hasta ahora, los jefes occidentales sólo han fingido responder al descontento de los occidentales con esta política. Y entretanto se han convertido cada vez más en protectores de musulmanes violentos frente a occidentales inocentes (basta considerar, como dramática ilustración, la protección oficial que las bandas musulmanas de violadores han recibido en Gran Bretaña). Cuán deliberado ha sido todo esto resulta evidente en la política de permitir que los Estados yihadistas financien la construcción de mezquitas por toda Europa, donde los musulmanes europeos están han sido radicalizados.24
No se te habrá escapado—salvo que hayas estado en coma—que los marxistas culturales dominantes en la universidad occidental han estado enseñando a sus impresionables estudiantes a disculpar la violencia yihadista—incluso a celebrarla—y a odiar a los judíos. Esto es precisamente lo que cabría esperar si, tras bastidores, la inteligencia nazi estuviese moviendo los hilos, porque en la Segunda Guerra Mundial los nazis se aliaron con los yihadistas—y especialmente con el movimiento árabe palestino—para asesinar a los judíos europeos.
Y es verdad, como mencioné arriba, que la Agencia Central de Inteligencia (CIA) de Estados Unidos fue creada absorbiendo la inteligencia nazi.
Por supuesto, los jefes estadounidenses están intentando otras cosas también. Como señalamos arriba, por ejemplo, han tratado de subyugarnos mediante alegatos de pandemia. (Y volverán a intentarlo.)
Y aunque esto ahora parece estar desinflándose lentamente, durante años los jefes han insistido en una ‘crisis de calentamiento global’ planetaria, supuestamente causada por el Hombre, que les permite robarnos riqueza mediante diversas formas de rentismo, empobrecernos vía precios más altos de la energía, y justificar nuevos avances contra nuestros derechos y libertades. Hemos expuesto ese engaño aquí:
¿Es coincidencia que el alarmismo del calentamiento global antropogénico haya sido obra del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC)? No parece coincidencia, pues son precisamente esos gobiernos—los mismos que conjuntamente crearon el IPCC—quienes acumulan poder mediante el alegato de ‘crisis’ climática. Lo que nos han venido imponiendo es un estado de emergencia que va ensamblándose en cámara lenta por partes conforme renuevan continuamente el alegato de una inminente catástrofe planetaria (sin importar el fracaso intermedio de sus predicciones climáticas específicas).
Muchos se maravillan ante el hecho de que Greta Thunberg—el rostro internacional del activismo climático—esté ahora consumida por el activismo pro-yihadista y antisemita.
¿Qué tiene una cosa que ver con la otra? Es realmente muy sencillo: ambas son causas impulsadas por los marxistas culturales de la Nueva Izquierda en la universidad, vendidas a impresionables estudiantes de licenciatura como el pasaporte para un rápido ascenso a la superioridad moral, que otorga el derecho a desatarse, narcisistas y justicieros, con máxima crueldad, contra otros seres humanos, quienes merecen ninguna compasión toda vez que los todopoderosos profesores universitarios los hayan identificado como ‘opresores.’
El pro-yihadismo antisemita (disfrazado apenas—cuando se molestan en disfrazarlo—de supuesto ‘anti-sionismo’) es un componente fundamental de la identidad moral de la Nueva Izquierda que nuestros profesores marxistas han construido cuidadosamente. Y el activismo climático es otro. Es un paquete. Ésta es la cultura que influyó sobre Greta, aunque abandonara la escuela y nunca fuera a la universidad, porque esta mentalidad se ha extendido ya por toda la sociedad occidental, y no ya tan sólo por las universidades. Eso ocurre porque los graduados universitarios se convierten en gerentes en todas nuestras burocracias, públicas y privadas, y han transformado toda nuestra vida organizacional.
Tanto los antisemitas pro-yihadistas como los activistas climáticos se están volviendo cada vez más violentos, porque el marxismo siempre promete purificación y redención mediante la violencia. Dicha violencia justificará un estado de emergencia declarado abiertamente.
Y entonces seremos esclavos.
No sé si la Civilización Occidental sobrevivirá la verdadera crisis en la que nos encontramos—el intento de re-esclavizarnos—. Pero si Occidente sobrevive, creo que la primera orden del día debería ser prohibir categóricamente cualquier cosa que remotamente se parezca a un mecanismo constitucional para establecer un estado de emergencia.
Aunado a eso, necesitamos una prohibición constitucional de establecer cualquier tipo de servicio clandestino capaz de gastar en secreto el dinero de los ciudadanos, como argumento aquí:
¡Porque nuestro destino es ser libres!
Agamben, G. (2006, February 1). The state of emergency as a paradigm of government. Tablet Magazine.
https://www.tabletmag.com/sections/arts-letters/articles/state-of-emergency-giorgio-agamben
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Agamben, G. (2020, February 26). L’invenzione di un’epidemia. Quodlibet.
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In English:
https://www.asc.uw.edu.pl/wp-content/uploads/2022/03/Giorgio-Agamben-Invention-of-an-Epidemic.pdf
Agamben, G. (2020, March 17). Reflections on the plague. Journal of Psychoanalysis.
https://www.journal-psychoanalysis.eu/articles/reflections-on-the-plague/
Lieser, E. K. (2021, March 8). Is the hell unleashed by coronavirus worse than World War II? The National Interest.
https://nationalinterest.org/blog/coronavirus/hell-unleashed-coronavirus-worse-world-war-ii-179635
Bergman, U. M., & Lundberg, J. (2020, June 12). Sweden’s constitution decides its exceptional COVID-19 policy. CEPR.
https://cepr.org/voxeu/columns/swedens-constitution-decides-its-exceptional-covid-19-policy
Schmitt, C. (2020). Political theology: Four chapters on the concept of sovereignty (C. J. Miller, Trans.). Antelope Hill Publishing. (ch. 1)
Ibid.
Ibid.
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Carroll, J. (2001). Constantine’s Sword: The Church and the Jews. Boston: Houghton Mifflin. (p.412)
Locke, J. (1690/2003). Second treatise of government. Project Gutenberg. (ch.18)
https://www.gutenberg.org/files/7370/7370-h/7370-h.htm
Bastiat, F. (1850/2007). The law. Ludwig von Mises Institute.
https://www.gutenberg.org/files/44800/44800-h/44800-h.htm
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Hartwich, O. M. (2020, June 2). Nothing stops the march of European integration. Oliver Hartwich.
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Russell, B. (1956). Why I am not a communist. In Portraits from memory and other essays (pp. 197–211). George Allen & Unwin.
https://scrapsfromtheloft.com/philosophy/bertrand-russell-why-i-am-not-a-communist/
Dye, T. R. 2016. Who’s Running America? The Obama Reign, 8 ed. New York: Routledge. (p.194)
Gomes, J. (2025, October 28). E.U. parliamentarian raises alarm over Islamist funding for Europe’s largest mosque: French intelligence report confirms that Turkish Islamist outfit behind mosque is linked to Muslim Brotherhood. Middle East Forum.
https://www.meforum.org/e-u-parliamentarian-raises-alarm-over-islamist-funding-for-europes-largest-mosque






















